retratoLa presencia de la pintura contemporánea, toma sentido a través de la renovación,  que cada pintor realiza por medio de la práctica diaria. Dibuja, pinta, hace bocetos, pinta, observa, pinta, contempla, pinta… duerme y pinta. Está actividad principia un día y así continúa a lo largo de la vida; es una fortuna recorrer este camino a la par de la humanidad. Llevamos más de treinta mil años pintando y dibujando y aquí está el ser humano creando el mundo de las imágenes a través de la pintura.

A esta genealogía pertenece Ramiro Martínez desde hace muchos años. Lo conozco por que fue mi alumno y formó parte de manera destacada en uno de los Talleres de Producción en la Escuela Nacional de Artes Plásticas; donde la agudeza de sus ojos y la fuerza de su mano, pronto lo hicieron resaltar en un entorno favorable a la creatividad y muy difícil en la sana competencia.

A los pocos años llegó a la tierra prometida, donde había crecido y ahora vive absorviendo la belleza de un entorno mágico y propicio para la diaria práctica de la pintura: Monterrey.

Las grandes capacidades de Ramiro reaparecen con cada obra a través de la discreta transformación que cada uno de sus personajes asume entre el filo del humor y la ironía; entre un oficio exquisito y una elegante composición la cual ya raramente vemos. Este enorme talento de nuestro pintor contrasta con una flotante personalidad que como brisa en la quietud sólo se percibe en el silencio.

Somos afortunados de tener cerca a un artista que reúne los atributos de los talentos de nuestro tiempo. Me siento agradecido el haber compartido con Ramiro las serenidad e intensidad de la pintura y que me haya permitido ver a lo largo de los años su obra, y sólo deseo que los que puedan ver esta exposición, encuentren la oportunidad de ver lo que es la gran pintura de alguien que habita en la Villa de Santiago.

Ignacio Salazar

 

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